La música es vida; y sin dudarlo afirmaría que es la opinión de más de una persona con la que he tenido el placer de tratar.
Y es que no necesitas conocer a un Michael Jackson, una Montserrat Caballé, una Demi Lovato ni tampoco a un Sebastian Ingrosso. Obviamente es una visión tremendamente tentadora -a quién pretendo engañar-, pero no de vital necesidad.
No, mis músicos son diferentes; hay quien lleva a su querida seis cuerdas a la espalda, como diría Bon Jovi en su Wanted (Dead or Alive), otros se dejan la piel con un tambor o un bombo, crean sesiones hasta altas horas de la noche o simplemente, cantan por allá donde pisan, más alto o menos, por la calle con los auriculares puestos o a voces por los pasillos de casa.
Déjenme decir una cosa: ninguna de estas personas son famosas, no todos despliegan su talento ante grandes públicos ni masas de gente, etc.
Pero todos tienen algo en común, y es que sienten la música, escogen vivirla dentro de sus posibilidades y la disfrutan sacándole el mayor partido del que son capaces. Todo esto, sin necesidad de un Grammy, un puesto en la Lista Billboard o un hueco en las listas de éxitos de sus cadenas de radio favoritas. Por otra parte, a quién no le gustaría.
A todas estas anteriores personas, que no importe ser o no oídos mientras seáis vosotros mismos quien sintáis cada nota, cada sonido que se despliegue de vuestra creatividad, vuestros pulmones o del redoblar de vuestras baquetas; seguid adelante y sentid, con los ojos abiertos o cerrados, marcando el ritmo con una pierna, dando saltos en una silla o simplemente tamborileando en una mesa con los dedos.
Vuestra es la pasión por la música, y jamás nadie podrá arrebatárosla.
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