sábado, 30 de agosto de 2014

Cambios, ¿perderse o encontrarse?

Todo el mundo, sin importar en qué época, edad o etapa de la vida sea, ha oído eso de deberías cambiar un poco… —introducid aquí tal o cual característica de vosotros mismos de la que susodicho o susodicha esté quejándose u opinando a pesar de seguramente no ser de su incumbencia. Bueno, o sí, pues tampoco vayamos a clasificarlas por completo de quejas u opiniones fuera de lugar; en ocasiones deben ser escuchadas y tomadas en cuenta más de lo que realmente llegamos a pensar.

Ahora bien, ¿qué sucede después del deberías cambiar? ¿Se ha parado alguien a pensarlo tranquila y pausadamente? Yo sí, y mis conclusiones han derivado en dos caminos a analizar antes de cualquier decisión.
Existe la posibilidad de que ciertamente sea un consejo, uno de los buenos cuya intención sea facilitarte las cosas y aprender a sobrellevarlas de una forma nueva y mejorada. Esperanzadoramente, esta primera opción, esperemos, será siempre la que prevalezca.
Desgraciadamente, ni la vida es de color rosa ni todos los consejos con como los nombran. Sintiéndolo mucho, hay que saber diferenciar las dos caras de la moneda.
En este caso, esa desconocida cara oculta queda al descubierto en el momento que te piden dichos cambios para un beneficio que, lejos de ser propio, resulta ser ajeno. Y es ahí, cuando uno comienza a perderse, a ser menos uno mismo y más como el beneficiado pretende que sea. Supongo, que todo el mundo sabe de qué hablo.

La invitación que os lanzo es la siguiente; escoged con cordura el camino correcto, parad y pensad las opciones, lo que es correcto y fiel a vosotros mismos pues en juego está mantener vuestra esencia, propia y que nadie pueda modificar sin vuestro consentimiento. Que nadie os incite a formar parte de un grupo de falsos perfectos.
Recordad, ser únicos a nuestro propio modo es de lo que se trata, que no importen los parecidos, pues sólo es eso, parecido porque no hay ni habrá nunca dos iguales.

Lo mejor que posee el ser humano en estos momentos, es esa exclusiva capacidad de ser único al resto y al mismo tiempo, sorprendentemente similar.

lunes, 25 de agosto de 2014

Música en vena.

La música es vida; y sin dudarlo afirmaría que es la opinión de más de una persona con la que he tenido el placer de tratar.
Y es que no necesitas conocer a un Michael Jackson, una Montserrat Caballé, una Demi Lovato ni tampoco a un Sebastian Ingrosso. Obviamente es una visión tremendamente tentadora -a quién pretendo engañar-, pero no de vital necesidad. 
No, mis músicos son diferentes; hay quien lleva a su querida seis cuerdas a la espalda, como diría Bon Jovi en su Wanted (Dead or Alive), otros se dejan la piel con un tambor o un bombo, crean sesiones hasta altas horas de la noche o simplemente, cantan por allá donde pisan, más alto o menos, por la calle con los auriculares puestos o a voces por los pasillos de casa. 

Déjenme decir una cosa: ninguna de estas personas son famosas, no todos despliegan su talento ante grandes públicos ni masas de gente, etc.
 Pero todos tienen algo en común, y es que sienten la música, escogen vivirla dentro de sus posibilidades y la disfrutan sacándole el mayor partido del que son capaces. Todo esto, sin necesidad de un Grammy, un puesto en la Lista Billboard o un hueco en las listas de éxitos de sus cadenas de radio favoritas. Por otra parte, a quién no le gustaría.

A todas estas anteriores personas, que no importe ser o no oídos mientras seáis vosotros mismos quien sintáis cada nota, cada sonido que se despliegue de vuestra creatividad, vuestros pulmones o del redoblar de vuestras baquetas; seguid adelante y sentid, con los ojos abiertos o cerrados, marcando el ritmo con una pierna, dando saltos en una silla o simplemente tamborileando en una mesa con los dedos.
Vuestra es la pasión por la música, y jamás nadie podrá arrebatárosla.

Infinitos.

Seguro, sin duda alguna, pues apostaría mi cabeza en ello, todo el mundo ha sentido en algún momento de su vida que estaba viviendo su mejor época, su año de suerte o cualquier otro período de tiempo que bajo ningún concepto desearía que tocara a su fin. Pero claro, está eso que dicen de “nada es para siempre”. Y es que, ciertamente, nada dura eternamente; el infinito solo existe en matemáticas, por mucho que a toda pareja de enamorados le pese saberlo, pues yo misma he estado enamorada y me han prometido una cantidad de “para siempre” que me  han hecho ver que no es más que un símbolo. Lo puedes emplear en una ecuación, pero no más allá.
Tampoco mentiré en absoluto diciendo que prometer tal medida de tiempo o duración a la persona que amas es una tontería, que no deberían decirse tales palabras a menos que se sepa demostrar y llevar a cabo. No lo haré, puesto que ¿a quién no le gusta oírlo, que le hagan promesas con las que llorar de felicidad, sentir que no hay amor más fuerte y verdadero que el suyo? Imagino, que a todos nos gustaría.
 Anteriormente dije que sé de infinitos, de tener el año o los mejores meses de tu vida, etc.; bien, diré que lo sé a mi manera, pues todo el mundo lo sabe de propia mano y si estuvieran en mi lugar, así lo harían.